lunes, 27 de junio de 2022

Batallas de Junín y Ayacucho y Manuel Salcedo

       Siempre me inculcaron acerca del  patriotismo  de mi tatarabuelo Manuel Salcedo Peramás, sobre su participación en las batallas por nuestra independencia, combatiendo al lado de Ilustres como La Mar, Necochea, Miller, Rázuri, Gutiérrez, Olavarría, Calderón y  muchos otros. Ahora producto de las  investigaciones realizadas  visité  la “Sociedad Fundadores de la Independencia” y el “Centro de estudios Históricos militares”, en Lima, en ambos muy bien recibido  al presentarme con un descendiente de un supuesto combatiente (Manuel Salcedo Peramás), y que me permitiesen  fotocopiar, actas o partes militares para corroborar lo de niño escuchado.

En la Sociedad Fundadores, fotocopié  el Parte Oficial  del Ministerio de Guerra que da cuenta de los participantes en las Batallas de Junín y Ayacucho.
En el Centro de estudios militares fotocopié una revista que se editó expresamente para dar a conocer oficialmente los participantes en ambas batallas.
Así mismo aún sin obtener pruebas que corroboren lo escuchado, sobre  si  Manuel Salcedo Peramás, fue uno de  los firmantes del Acta de la Independencia de Lambayeque, sigo en la búsqueda de copia del acta original.
Sociedad Fundadores de la Independencia







Centro de estudios Histórico Militares, Lima










domingo, 26 de junio de 2022

Apolinario Salcedo, Batallas de San Francisco, Tarapacás


 


APOLINARIO SALCEDO

Gran Militar lambayecano del grado de Capitán, hijo de hacendados y acaudalados comerciantes y de descendencia de otro gran héroe lambayecano como lo fue don José Leonardo Ortiz Salcedo, así como también del mismo tronco familiar del Presidente Augusto B. Leguía Salcedo. Este gran militar fue compañero de guerra de Grosio Prado, hijo del Presidente Mariano Ignacio Prado, con quien son destinados al Ejército del Sur, que operó bajo las órdenes del General de División EP Juan Buendía. Ambos Pelearon valientemente en la batalla de Dolores, llamada también del Cerro de San Francisco en Tarapacá el 19 de noviembre de 1879 en la guerra con Chile. A pesar del gran problema del desierto por falta de agua que los obligaba a caminar grandes distancias para llenar sus cantimploras, logró con éxito, tras una apuesta gloriosa con Grocio Prado y don Justo, tomar la cima del cerro San Francisco. La tropa aliada peruano- boliviana empezó a subir, ganando posiciones lentamente. Grocio Prado subía con su unidad, pero fue sorprendido y detenido, siendo fusilado por las tropas chilenas que se encontraban en la cumbre. Mientras Apolinario Salcedo junto al teniente coronel Ladislao Espinar capturan con audacia dos cañones chilenos permitiéndoles seguir hacia adelante pero a escasos metros de la cumbre, el teniente coronel Ladislao Espinar cae herido y debilita el avance. Apolinario Salcedo continua en la lucha, mientras en la parte baja ya se empezaba la lucha cuerpo a cuerpo. Entonces sucede lo peor, las fuerzas bolivianas comandadas por Hilarión Daza que comandaba las tropas “Casacas Rojas bolivianas” con uno 3000 soldados empezaron a sentir un incontrolable temor por la lucha cuerpo a cuerpo e hizo que abandonaran la lucha dejando sus armas regadas por el desierto y huyendo rumbo a su tierra. Los pocos soldados que estaban a punto de tomar el cerro comandados por Apolinario Salcedo se vieron obligados también a retirarse, ellos fueron los últimos que abandonaron el cerro conquistado con tanto heroísmo y que tanta sangre había costado. Cuando se produce el desbande boliviano, los chilenos cargan por tercera vez y arrojan de la cima a exhaustos soldados peruanos siendo derrotados.

Publicado por M. Elmer Fernández Gastelo en 14:18

 

Geneanet, Raul Alvistur


 

BATALLA DE DOLORES

La batalla de Dolores, también conocida como batalla de San Francisco, fue un enfrentamiento militar ocurrido el 19 de noviembre de 1879 durante la guerra del Pacífico. En este enfrentamiento, el ejército chileno, bajo el mando del coronel Emilio Sotomayor, derrotó a las fuerzas aliadas de Perú y Bolivia, dirigidas por el general Juan Buendía y Noriega. La contienda tuvo lugar cerca del pozo de Dolores, a unos 30 kilómetros al sureste de Pisagua, en el marco de la campaña de Tarapacá.

 

El enfrentamiento siguió al desembarco chileno en Pisagua el 2 de noviembre, que marcó el inicio de las operaciones en la región. Mientras las fuerzas chilenas se reorganizaban en el puerto y sus alrededores, las fuerzas aliadas, formadas por sobrevivientes del desembarco y refuerzos provenientes de Iquique, se dirigieron al norte para unirse con las tropas bolivianas dirigidas por Hilarión Daza.

 

Sin embargo, por razones aún discutidas, las tropas de Daza se detuvieron en la quebrada del río Camarones y regresaron a Arica. Esto permitió que las fuerzas de Buendía se enfrentaran a las tropas chilenas sin refuerzos bolivianos. La victoria chilena en Dolores consolidó su control sobre la región de Tarapacá.

 

 

Antecedentes

 

Artículo principal: Campaña de Tarapacá

Tras el desembarco en Pisagua del 2 de noviembre de 1879, los invasores se dirigieron al interior para consolidar la cabeza de playa ya establecida en la costa. El 6 de noviembre, dos escuadrones del regimiento Cazadores a Caballo al mando de José Francisco Vergara destruyeron una fuerza combinada compuesta por 94 jinetes de los regimientos Húsares de Junín y Húsares de Bolivia en Pampa Germania.[6]

 

Considerando la aridez del teatro de operaciones, la estrategia chilena en la campaña de Tarapacá consistió en asegurar las fuentes de agua en la región a medida que las tropas avanzaban por el desierto. Uno de esos puntos fue el llamado "Pozo de Dolores", próximo a la Oficina Salitrera San Francisco.

 

Una vez conocida en Tacna la victoria chilena en Pisagua, los aliados rápidamente acordaron que las tropas bolivianas al mando de Hilarión Daza partirían al encuentro de Buendía, fijando el punto de reunión en la quebrada de Tana,[7] desde donde una vez reunidas atacarían el puerto. El 5 de noviembre se decidió movilizar al ejército peruano desde Iquique; encontrándose con un grupo de compañías bolivianas en Negreiros el 15 de noviembre al mando del general Villamil. El 11 de noviembre, Hilarión Daza parte desde Arica con una división boliviana, llegando hasta Camarones el día 16, desde donde decidió retornar a Arica. Receloso de la lealtad de sus oficiales en Tacna que el presentía le darían un golpe de Estado en esa población, Daza deliberadamente arruinó la expedición, pero sobre todo la tropa y resto de oficialidad, si quiso avanzar para cumplir su misión a pesar de que la falta de agua, suministros y el calor del desierto, habían menguado sus filas, [8]

 

Daza no retornaría con ellos y se quedó en Camarones y continuo luego hasta Tana. Al enterarse, el general Narciso Campero, que salía de La Paz con más tropas bolivianas decidió también regresar.

 

Por su parte, el Estado Mayor aliado se enteró por el joven Parada, uno de los ocho mensajeros enviados a buscar a Daza -a quien Buendía suponía cerca de Tiliviche- que este había regresado a Tacna desde Camarones, cundiendo un gran desaliento entre las tropas bolivianas.[9] En la mañana del 19 de noviembre los aliados divisaron los parapetos y la artillería chilenas en el cerro San Francisco.[10]

 

 

Teatro de Operaciones en la campaña de Tarapacá. Arica, desde donde inició su marcha H. Daza y a donde se retiraron las tropas de la alianza, está a 230 km al norte de Pisagua, pero los remanentes aliados debieron tomar caminos más largos.

 

Situación preliminar chilena

El 7 de noviembre, conducidos por el coronel José Domingo Amunátegui los regimientos "Buin" 1.º de Línea y 4.º de Línea, junto con los batallones Atacama y Coquimbo y una batería de artillería salieron desde Hospicio en dirección a Dolores. Al día siguiente siguieron la misma ruta el regimiento 3.º de Línea con los batallones Navales y Valparaíso, más otra batería de artillería, dirigidos por el coronel Martiniano Urriola. Ambas fuerzas se reúnen en Dolores el 10 de noviembre, formando un contingente de 6500 soldados a las órdenes del coronel Emilio Sotomayor,[11] hermano del ministro de Guerra en campaña.

 

Debido a un aviso de que el ejército boliviano se encontraba en Tana (aunque solo se encontraba Daza y aprox. 150 hombres a caballo de la Legión Boliviana, esto sirvió para atraer y distraer tropas Chilenas a ese punto en número de aprox. 3000 hombres, hecho que también se ha olvidado en deprimento de Daza), el general Escala envió al batallón Bulnes a Jazpampa a sostener la posición mientras se le enviaban refuerzos. por ello, Sotomayor se vio obligado a enviar al batallón Coquimbo, al regimiento 3.º de Línea y a una sección de artillería.[12]

 

 

Situación preliminar aliada

El 5 de noviembre, el ejército aliado se dirigió hacia Pozo Almonte, aumentado su número con soldados provenientes de Pisagua. Desde este punto salieron el 13 del mismo mes en dirección a Agua Santa, llegando a destino cuatro días después. Durante todo este viaje las tropas fueron acosadas por la falta de suministros como comida y agua.[13] Las columnas aliadas se dirigen a Negritos, para reanudar la marcha hacia Dolores.[14]

 

 

Plan de batalla chileno

Un grupo de reconocimiento del Cazadores a Caballo divisó cerca de Agua Santa a las fuerzas aliadas que se dirigen hacia las posiciones chilenas en Dolores. Apenas recibió la noticia, Sotomayor decidió —a pesar de estar superado en número— presentar batalla en el llano de Santa Catalina.[12] Consecuentemente, ordenó que el coronel Amunátegui con el regimiento 4.º de Línea, 220 jinetes, y la batería de ocho cañones del sargento mayor Salvo marchara hacia el lugar.[15] Detrás de Amunátegui se envió al batallón Atacama, mientras se le envió la orden a Castro de regresar a toda prisa desde Jazpampa.[15]

 

El teniente coronel Vergara, junto con el mayor Estanislao del Canto lograron después de una larga insistencia que Sotomayor enmendara su error y aceptara ocupar el cerro San Francisco.[15] Inmediatamente se ordenó el regreso del regimiento Buin y el batallón Navales, que recién habían salido hacia Santa Catalina. También se ordenó a Amunátegui de volver a Dolores.[15]

 

Cuando fueron reunidas, las fuerzas chilenas fueron dispuestas de la siguiente manera:

 

En el cerro San Bartolo y Tres Clavos fueron dispuestas las fuerzas del Regimiento 3.º de Línea, además de un destacamento de cincuenta soldados de las distintas unidades, un piquete del Cazadores a Caballo y dos baterías de cuatro cañones cada una. Esta posición quedó bajo el mando del coronel Ricardo Castro.[16]

 

En el cerro Dolores, y bajo el mando del coronel Martiniano Urriola se destacaron los batallones Navales y Valparaíso, junto con el Regimiento "Buin" 1.º de Línea y dos baterías de seis cañones dirigidas por los capitanes Eulogio Villareal y Roberto Wood.[16]

 

Dirigidos por el coronel José Domingo Amunátegui, se colocaron en el cerro San Francisco los batallones Atacama y Coquimbo, junto con el Regimiento 4.º de Línea, una batería de ocho cañones al mando del sargento Mayor José María de la Cruz Salvo, y otra batería de seis piezas y dos ametralladoras Gatling dirigida por el sargento mayor Benjamín Montoya.[16]

 

 

Plan de batalla aliado

El general Buendía resolvió dividir su fuerza de 9829 hombres en tres columnas de la siguiente manera:

 

La columna de Belisario Suárez, compuesta por los batallones Cazadores de Cuzco n.º 5, Cazadores de la Guardia n.º 7, Ayacucho, Guardia de Arequipa, Aroma, Vengadores, Victoria y Colquechaca, además de los regimientos de caballería Húsares de Junín n.º 1 y Húsares de Bolivia.[17]

 

El mismo Buendía se puso al mando de una columna formada por las unidades Ayacucho n.º 3, Provisional de Lima n.º 3, Columna Cerro de Pasco, Puno n.º 6, Lima n.º 8, Illimani, Olañeta, Dalance y Paucarpata, más una brigada de seis piezas de artillería, el Regimiento Guías, el escuadrón Castilla y 81 francotiradores.[17]

 

Por último, la columna de Andrés Cáceres fue dejada como reserva, con las unidades Zepita n.º 2, 2 de mayo y 80 hombres de artillería.[17]

 

El plan de ataque diseñado por Buendía consistía principalmente en un ataque dirigido por él mismo contra Dolores, mientras las columnas de Suárez y de Cáceres atacarían la posición en San Francisco. Mientras, los bolivianos del general Villamil atacarían el extremo noroeste del cerro para luego juntarse con Buendía y así envolver las defensas chilenas.[

 

 

Desarrollo de la batalla

Movimientos durante la batalla de Dolores, según D. Barros Arana.

Apenas llegado a Dolores, Buendía quiso atacar inmediatamente; sin embargo Suárez lo convenció de permitir que la tropa descansara. Además, la demora se usaría para examinar las posiciones enemigas.[19] Con el acuerdo del estado mayor, Suárez envió una partida de 200 hombres a reconocer las posiciones chilenas apostados en el lado suroeste del cerro San Francisco.[19]

 

Entretanto, Sotomayor recibió el refuerzo de Castro y Velásquez, quienes situaron entre los cerros San Bartolo y Tres Clavos, mientras que los batallones cívicos Atacama y Coquimbo reforzaron las posiciones de San Francisco.[20] Esto motivó a Buendía a ordenar que su ejército se preparara nuevamente para luchar, pero una vez más Suárez lo convenció de lo contrario.[20]

 

Con los ejércitos frente a frente, algunos soldados aliados se alimentaron, mientras otros hacían pabellones con sus fusiles y otros más se peleaban por recoger agua de un chorro en El Porvenir. En esas circunstancias, alguien dentro de las filas aliadas hizo un disparo.[21][22] La agitación de los aliados en la pampa preocupaba a los artilleros chilenos que observaban todo este movimiento sin saber si se trataba de preparativos para la batalla o sólo para acampar,[21] por lo que cuando vieron aproximarse a la partida de reconocimiento enviada por Suárez previamente, la batería del sargento mayor Salvo disparó un cañonazo contra este grupo de soldados, los que pensando que este era el inicio de la batalla, atacaron a los chilenos en desorden.

 

Acciones en San Francisco

Así, la columna de Belisario Suárez comenzó el ataque sobre el grupo de Amunátegui, inicialmente con dos compañías de los batallones Illimani y Olañeta junto a otras dos de los batallones Puno y Ayacucho. El coronel boliviano Lavadenz con la 1.ª compañía del batallón Dalance se acercó a tan sólo cuarenta metros de la batería del sargento mayor Salvo, inexplicablemente defendida solo por sus sirvientes. Para reforzar a los atacantes, el general de Villegas ordenó entrar en combate a otras dos compañías del Dalance más el resto del batallón Puno y las tropas del Lima n.º 8.

 

Asimismo, Villegas avanzó con el resto de sus tropas hacia la batería del sargento mayor Salvo y éstos logran arrebatar algunas piezas de artillería, es donde subido sobre un cañón el corneta Boliviano Mariano Mamani del batallón Dalance hace toque incesante para solicitar refuerzos y las demás unidades al pie del cerro se sumen al ataque, pero recibe un disparó y cae muerto, Salvo ordenó a sus tropas separarse y continuar defendiendo el resto de cañones con sus carabinas, mientras pedía por refuerzos; logrando demorar a los atacantes dada la superior cadencia de tiro de las carabinas Winchester con las que estaban equipados.

 

Dos compañías del batallón Atacama, al mando de capitán ayudante Cruz Daniel Ramírez, llegaron en ayuda de Salvo,[23] logrando contener los aliados a estos, también dirigidos por el teniente coronel Ladislao Espinar. Los aliados, reforzados con otra compañía del Dalance cargaron nuevamente contra las tropas chilenas, forzándolas a retroceder hasta el arribo de una compañía del batallón Coquimbo, la que junto con las tropas del Atacama contra atacan y repelen el ataque aliado. Un tercer intento aliado fue nuevamente rechazado, esta vez definitivamente, con una carga a la bayoneta hasta las laderas del cerro.[23] Además, la reserva aliada hizo fuego sobre las posiciones chilenas qué no abandonaban su lugar, pero tiroteando por la espalda a sus propios compañeros desde los pies del cerro.

 

Ataque sobre Dolores

En paralelo, La columna del general Buendía enfiló hacia las posiciones chilenas en la elevación de Dolores, pero en el trayecto sus tropas fueron cogidas en el fuego cruzado de las baterías de los capitanes Frías y Carvallo, el que deshizo su formación. Sin embargo, Buendía logró reorganizar su contingente y dirigirse hacia el grupo del coronel Castro. Cuando las tropas aliadas estuvieron dentro de su rango de tiro, las seis compañías del 3.º de Línea detuvieron el avance enemigo con un nutrido fuego de fusilería; forzándolo a retroceder hasta salir del campo de tiro chileno.

 

He tenido ocasión de ver a dos soldados muertos, José Espinoza (chileno), y un peruano del Zepita; ambos estaban cruzados por sus bayonetas y como si aún no fuera bastante, esos valientes se hicieron fuego, quedando enseguida baleados en el pecho

Soldado chileno del Batallón Atacama

A las 17:00, cuando llegaba la reserva chilena al mando del general Escala y al notar que los peruanos y bolivianos de refuerzo que estaban al pie del cerro y cercanía jamás llegarían, ya que ahí se encontraban fuerzas restantes a cargo de Suárez y Cáceres, que empezaron a dispersarse tal vez desmotivados por los resultados y muy mala organización en las primeras acciones, un ejemplo el húsares de Junín a cargo de Cáceres que simplemente ya había desaparecido del lugar, todo esto fue el resultado final de una mala o ninguna planificación por parte de los jefes a cargo, Buendia y Suárez que fueron unos incompetentes y pésimos estrategas, por lo que desmoralizados ante esta falta de conducción, dejando regados en el campo gran cantidad de equipo y municiones, resto de oficialidad y tropa simplemente se fueron del campo de operaciones. Los batallones chilenos se mantuvieron en guardia sin creerse haber ganado hasta que distinguieron la retirada de su enemigo.

 

Mientras el ejército boliviano se dirigió a Oruro, el ejército peruano se retiró con dirección a Tiliviche sin ser perseguido.

 

La ocupación de Iquique

El 18 de noviembre es capturada cerca de Arica, la cañonera Pilcomayo por el blindado Blanco Encalada.

 

El 20 de noviembre, la V División con 886 hombres al mando del coronel Ríos se retira de Iquique hacia Tarapacá para unirse con el ejército peruano de Buendía. Esta división estaba compuesta por gendarmes tarapaqueños y un gran contingente de residentes Bolivianos en Iquique, estos sobre todo Cochabambinos qué se encontraban trabajando allá en las salitreras.

 

El 23 de noviembre, una guarnición del blindado Cochrane ocupa Iquique tras ser puesto su almirante en conocimiento, por el cuerpo consular, que la población estaba evacuada. Seguidamente desembarca también el regimiento Esmeralda. El ejército peruano dejó en Iquique a los prisioneros de guerra chilenos que se encontraban confinados en ese puerto, entre ellos los sobrevivientes de la corbeta Esmeralda que Grau había salvado el 21 de mayo.

 

El 17 de diciembre el diario La Patria de Valparaíso[24] (fundado en 1863 por el senador Isidoro Errázuriz), informa:

 

El día de la ocupación de Iquique se cometieron desórdenes muy censurables, que fueron mirados con la mayor indiferencia por el general.

El ministro Rafael Sotomayor nombró a Patricio Lynch gobernador civil y militar de Iquique y del Departamento de Tarapacá, encargándole organizara la explotación del salitre.

 

Orden de batalla

Chile       Bandera de Bolivia Bandera de Perú Alianza

Ejército de Operaciones del Norte

CRL Emilio Sotomayor, JEM CRL Arístides Martínez

 

División de la Derecha CRL Martiniano Urriola

RI 1.º de Línea Buin TCL Luis José Ortiz (8 compañías)

Batallón Cívico de Artillería Naval CRL Martiniano Urriola (4 compañías)

Batallón de Policía Municipal Valparaíso TCL Jacinto Niño (3 compañías)

1.ª Brigada RA n.º 2

1.º/1.ª Batería CAP Eulogio Villarroel

2.º/1.ª Batería CAP Roberto Wood

División del Centro CRL Domingo Amunátegui

RI 4.º de Línea CRL Domingo Amunátegui (8 compañías)

BI Cívico Coquimbo TCL TCL Alejandro Gorostiaga (4 compañías)

BI Cívico Atacama TCL Juan Martínez (4 compañías)

3.ª Brigada RA n.º 2 MAY José Salvo

1.º/3.ª Batería CAP Pablo Urízar (8 pz.)

RC Cazadores a Caballo TCL Pedro Soto Aguilar (3 compañías)

Compañía de Granaderos a Caballo

División de la Izquierda TCL Ricardo Castro

RI 3.º de Línea TCL Ricardo Castro (8 compañías)

RA n.º 2 TCL José Velásquez Bórquez

2.ª Brigada RA n.º 2 MAY Benjamín Montoya

1.º/2.ª Batería CAP Santiago Frías (4 pz., 1 am.)

2.º/2.ª Batería CAP Domingo Carvallo

Compañía de Cazadores a Caballo

Agrupación de pontoneros y otros MAY Juan Larraín (1 compañía)

 

Alianza Perú Bolivia

Ejército del Sur

GDD Juan Buendía, JEM CRL Belisario Suárez

 

Agrupación Oeste CRL Belisario Suárez

I División EP CRL Manuel Velarde

BI Cazadores del Cuzco 5.º de Línea

BI Cazadores de la Guardia 7.º de Línea

III División EP CRL Francisco Bolognesi

BI Ayacucho n.º 2

BI Guardia de Arequipa

II División EB GLB Pedro Villamil

BI Aroma 2.º de Cochabamba

BI Vengadores 3.º de Potosí

BI Victoria

BI Colquechaca

RC Húsares de Junín n.º 1

Agrupación Este GDD Juan Buendía

IV División "Vanguardia" EP CRL Justo Pastor Dávila

BI Puno 6.º de Línea CRL Rafael Ramírez

BI Lima 8.º de Línea CRL Remigio Morales Bermúdez

VI División "La Exploradora" EP GDB Pedro Bustamante

BI Provisional de Lima 3.º de Línea

BI 1.º Ayacucho n.º 3 CRL Leoncio Prado

I División EB GDB Carlos de Villegas

BI Olañeta 2.º de Cazadores de la Guardia

BI Paucarpata 3.º de La Paz

BI Dalence 1.º de Oruro CRL Donato Vásquez

RC Guías n.º 3 EP

Escuadrón Castilla EP

Batallón de Artillería de Campaña EP TCL Emilio Castañón

RC Húsares de Bolívar n.º 1 EB

Reserva CRL Andrés Cáceres

II División EP CRL Andrés Cáceres

BI Zepita 2.º de Línea

BI Dos de Mayo

Wikipedia 

  

 

 
  










jueves, 23 de junio de 2022

Historias de España. J.Sarmiento. El incidente de Talambo





El Callao (i)

Las relaciones de una metrópoli con sus ex colonias nunca son fáciles, y España no es en ello una excepción. Tenemos los españoles una actitud hacia los países que un día fueron posesiones nuestras entre ligeramente culpable y básicamente pasota. La mayor parte de la gente que conozco, incluso personas de alto nivel cultural, se podría decir que lo desconoce todo de Latinoamérica; todo lo que no sea fútbol, claro.

España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.

En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.

España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.

Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.

El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.

Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.

El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.

En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano,
Manuel Salcedo.

Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.

Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.

Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.

Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».

Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.

La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.

Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.

El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.



El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.

Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».

No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.

No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.

En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.

El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.

No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.

Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.

Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).

Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.

Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.

A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.

 


miércoles, 22 de junio de 2022

Los hermanos Salcedo, de otra familia Salcedo, fundadores de Puno

    Se trata de otra familia Salcedo, sin ninguna relación con la nuestra 

Gran ciudadela española, se estima que fue un tipo de centro minero hispánico creado por orden de Gaspar y José de Salcedo, los famosos Hermanos Salcedo fundadores de Puno, que en ese momento era llamado San Luis de Alba, de donde se extraía plata.


 

RICARDO PALMA

TRADICIONES PERUANAS

EL JUSTICIA MAYOR DE LAYCACOTA

crónica de la época del décimonono virrey del perú

(Al doctor don José Mariano Jiménez.)

I

En una serena tarde de marzo del año del Señor de 1665, hallábase reunida a la puerta de su choza una familia de indios. Componíase ésta de una anciana que se decía descendiente del gran general Ollantay, dos hijas, Carmen y Teresa, y un mancebo llamado Tomás.

La choza estaba situada a la falda del cerro de Laycacota. Ella con quince o veinte más constituían lo que se llama una aldea de cien habitantes.

Mientras las muchachas se entretenían en hilar, la madre contaba al hijo, por la milésima vez, la tradición de su familia. Esta no es un secreto, y bien puedo darla a conocer a mis lectores, que la hallarán relatada con extensos y curiosos pormenores en el importante libro que con el título Anales del Cuzco, publicó mi ilustrado amigo y compañero de Congreso don Pío Benigno Mesa.

He aquí la tradición sobre Ollantay:

Bajo el imperio del Inca Pachacutec, noveno soberano del Cuzco, era Ollantay, curaca de Ollantaytambo, el generalísimo de los ejércitos. Amante correspondido de una de las ñustas o infantas, solicitó de Pachacutec, y como recompensa a importantes servicios, que le acordase la mano de la joven. Rechazada su pretensión por el orgulloso monarca, cuya sangre, según las leyes del imperio, no podía mezclarse con la de una familia que no descendiese directamente de Mango Capac, el enamorado cacique desapareció una noche del Cuzco, robándose a su querida Cusicoyllor.

Durante cinco años fué imposible al Inca vencer al rebelde vasallo, que se mantuvo en armas en las fortalezas de Ollantaytambo, cuyas ruinas son hoy la admiración del viajero. Pero Rumiñahui, otro de los generales de Pachacutec, en secreta entrevista con su rey, lo convenció de que, más que a la fuerza, era preciso recurrir a la maña y a la traición para sujetar a Ollantay. El plan acordado fué poner preso a Rumiñahui, con el pretexto de que había violado el santuario de las vírgenes del Sol. Según lo pactado, se le degradó y azotó en la plaza pública para que, envilecido así, huyese del Cuzco y fuese a ofrecer sus servicios a Ollantay, que viendo en él una ilustre víctima a la vez que un general de prestigio, no podría menos que dispensarle entera confianza. Todo se realizó como inicuamente estaba previsto, y la fortaleza fué entregada por el infame Rumiñahui, mandando el Inca decapitar a los prisioneros[2].

Un leal capitán salvó a Cusicoyllor y su tierna hija Imasumac, y se estableció con ellas en la falda del Laycacota, en el sitio donde en 1669 debía erigirse la villa de San Carlos de Puno.

Concluía la anciana de referir a su hijo esta tradición, cuando se presentó ante ella un hombre, apoyado en un bastón, cubierto el cuerpo con un largo poncho de bayeta, y la cabeza por un ancho y viejo sombrero de fieltro. El extranjero era un joven de veinticinco años, y a pesar de la ruindad de su traje, su porte era distinguido, su rostro varonil y simpático y su palabra graciosa y cortesana.

Dijo que era andaluz, y que su desventura lo traía a tal punto que se hallaba sin pan ni hogar. Los vástagos de la hija de Pachacutec le acordaron de buen grado la hospitalidad que demandaba.

Así transcurrieron pocos meses. La familia se ocupaba en la cría de ganado y en el comercio de lanas, sirviéndola el huésped muy útilmente. Pero la verdad era que el joven español se sentía apasionado de Carmen, la mayor de las hijas de la anciana, y que ella no se daba por ofendida con ser objeto de las amorosas ansias del mancebo.

Como el platonismo, en punto a terrenales afectos, no es eterno, llegó un día en que el galán, cansado de conversar con las estrellas en la soledad de sus noches, se espontaneó con la madre, y ésta, que había aprendido a estimar al español, le dijo:

—Mi Carmen te llevará en dote una riqueza digna de la descendiente de emperadores.

El novio no dio por el momento importancia a la frase; pero tres días después de realizado el matrimonio, la anciana lo hizo levantarse de madrugada y lo condujo a una bocamina, diciéndole:

—Aquí tienes la dote de tu esposa.

La hasta entonces ignorada, y después famosísima, mina de Laycacota fué desde ese día propiedad de don José Salcedo, que tal era el nombre del afortunado andaluz.

II

La opulencia de la mina y la generosidad de Salcedo y de su hermano don Gaspar atrajeron, en breve, gran número de aventureros a Laycacota.

Oigamos a un historiador: «Había allí plata pura y metales, cuyo beneficio dejaba tantos marcos como pesaba el cajón. En ciertos días se sacaron centenares de miles de pesos».

Estas aseveraciones parecerían fabulosas si todos los historiadores no estuvieran uniformes en ellas.

Cuando algún español, principalmente andaluz o castellano, solicitaba un socorro de Salcedo, éste le regalaba lo que pudiese sacar de la mina en determinado número de horas. El obsequio importaba casi siempre por lo menos el valor de una barra, que representaba dos mil pesos.

Pronto los catalanes, gallegos y vizcaínos que residían en el mineral entraron en disensiones con los andaluces, castellanos y criollos favorecidos por los Salcedo. Se dieron batallas sangrientas con variado éxito, hasta que el virrey don Diego de Benavides, conde de Santisteban, encomendó al obispo de Arequipa, fray Juan de Almoguera, la pacificación del mineral. Los partidarios de los Salcedo derrotaron a las tropas del obispo, librando mal herido el corregidor Peredo.

En estos combates, hallándose los de Salcedo escasos de plomo, fundieron balas de plata. No se dirá que no mataban lujosamente.

Así las cosas, aconteció en Lima la muerte de Santisteban, y la Real Audiencia asumió el poder. El gobernador que ésta nombró para Laycacota, viéndose sin fuerzas para hacer respetar su autoridad, entregó el mando a don José Salcedo, que lo aceptó bajo el título dejusticia mayor. La Audiencia se declaró impotente y contemporizó con Salcedo, el cual, recelando nuevos ataques de los vascongados, levantó y artilló una fortaleza en el cerro.

En verdad que la Audiencia tenía por entonces mucho grave de que ocuparse con los disturbios que promovía en Chile el gobernador Meneses y con la tremenda y vasta conspiración del Inca Bohorques, descubierta en Lima casi al estallar, y que condujo al caudillo y sus tenientes al cadalso.

El orden se había por completo restablecido en Laycacota, y todos los vecinos estaban contentos del buen gobierno y la caballerosidad del justicia mayor.

Pero en 1667, la Audiencia tuvo que reconocer al nuevo virrey llegado de España.

Era éste el conde Lemos, mozo de treinta y tres años, a quien, según los historiadores, sólo faltaba sotana para ser completo jesuíta. En cerca de cinco años de mando, brilló poco como administrador. Sus empresas se limitaron a enviar, aunque sin éxito, una fuerte escuadra en persecución del bucanero Morgán, que había incendiado Panamá, y a apresar en las costas de Chile a Enrique Clerk. Un año después de su destrucción por los bucaneros (1670), la antigua Panamá, fundada en 1518, se trasladó al lugar donde hoy se encuentra. Dos voraces incendios, uno en febrero de 1737 y otro en marzo de 1756, convirtieron en cenizas dos terceras partes de los edificios, entre los que algunos debieron ser monumentales, a juzgar por las ruinas que aun llaman la atención del viajero.

El virrey conde de Lemos se distinguió únicamente por su devoción. Con frecuencia se le veía barriendo el piso de la iglesia de los Desamparados, tocando en ella el órgano, y haciendo el oficio de cantar en la solemne misa dominical, dándosele tres pepinillos de las murmuraciones de la nobleza, que juzgaba tales actos indignos de un grande de España.

Dispuso este virrey, bajo pena de cárcel y multa, que nadie pintase cruz en sitio donde pudiera ser pisada; que todos se arrodillasen al toque de oraciones; y escogió para padrino de uno de sus hijos al cocinero del convento de San Francisco, que era un negro con un jeme de jeta y fama de santidad.

Por cada individuo de los que ajusticiaba, mandaba celebrar treinta misas; y consagró, por lo menos, tres horas diarias al rezo del oficio parvo y del rosario, confesando y comulgando todas las mañanas, y concurriendo al jubileo y a cuanta fiesta o distribución religiosa se le anunciara.

Jamás se han vista en Lima procesiones tan espléndidas como las de entonces; y Lorente, en su Historia, trae la descripción de una que se trasladó desde palacio a los Desamparados, dando largo rodeo, una imagen de María que el virrey había hecho traer expresamente desde Zaragoza. Arco hubo en esa fiesta cuyo valor se estimó en más de doscientos mil pesos, tal era la profusión de alhajas y piezas de oro y plata que lo adornaban. La calle de Mercaderes lució por pavimento barras de plata, que representaban más de dos millones de ducados. ¡Viva el lujo y quien lo trujo!

El fanático don Pedro Antonio de Castro y Andrade, conde de Lemos, marqués de Sarria y de Gátiva y duque de Taratifanco, que cifraba su orgullo en descender de San Francisco de Borja, y que, a estar en sus manos, como él decía, habría fundado en cada calle de Lima un colegio de Jesuítas, apenas fué proclamado en Lima como representante de Carlos II el Hechizado, se dirigió a Puno con gran aparato de fuerza y aprehendió a Salcedo.

El justicia contaba con poderosos elementos para resistir; pero no quiso hacerse reo de rebeldía a su rey y señor natural.

El virrey, según muchos historiadores, lo condujo preso, tratándolo durante la marcha con extremado rigor. En breve tiempo quedó concluída la causa, sentenciado Salcedo a muerte, y confiscados sus bienes en provecho del real tesoro.

Como hemos dicho, los jesuítas dominaban al virrey. Jesuíta era su confesor el padre Castillo, y jesuítas sus secretarios. Las crónicas de aquellos tiempos acusan a los hijos de Loyola de haber contribuido eficazmente al trágico fin del rico minero, que había prestado no pocos servicios a la causa de la corona y enviado a España algunos millones por el quinto de los provechos de la mina.

Cuando leyeron a Salcedo la sentencia, propuso al virrey que le permitiese apelar a España, y que por el tiempo que transcurriese desde la salida del navío hasta su regreso con la resolución de la corte de Madrid, lo obsequiaría diariamente con una barra de plata.

Y téngase en cuenta no sólo que cada barra de plata se valorizaba en dos mil duros, sino que el viaje del Callao a Cádiz no era realizable en menos de seis meses.

La tentación era poderosa, y el conde de Lemos vaciló.

Pero los jesuítas le hicieron presente que mejor partido sacaría ejecutando a Salcedo y confiscándole sus bienes.

El que más influyó en el ánimo de su excelencia fué el padre Francisco del Castillo, jesuíta peruano que está en olor de santidad, el cual era padrino de bautismo de don Salvador Fernández de Castro, marqués de Almuña e hijo del virrey.

Salcedo fué ejecutado en el sitio llamado Orcca-Pata, a poca distancia de Puno.

III

Cuando la esposa de Salcedo supo el terrible desenlace del proceso, convocó a sus deudos y les dijo:

—Mis riquezas han traído mi desdicha. Los que las codician han dado muerte afrentosa al hombre que Dios me deparó por compañero. Mirad cómo le vengáis.

Tres días después la mina de Laycacota había dado en agua, y su entrada fué cubierta con peñas, sin que hasta hoy haya podido descubrirse el sitio donde ella existió.

Los parientes de la mujer de Salcedo inundaron la mina, haciendo estéril para los asesinos del justicia mayor el crimen a que la codicia los arrastrara.

Carmen, la desolada viuda, había desaparecido, y es fama que se sepultó viva en uno de los corredores de la mina.

Muchos sostienen que la mina de Salcedo era la que hoy se conoce con el nombre del Manto. Este es un error que debemos rectificar. La codiciada mina de Salcedo estaba entre los cerros Laycacota y Cancharani.

El virrey, conde Lemos, en cuyo período de mando tuvo lugar la canonización de Santa Rosa, murió en diciembre de 1673, y su corazón fué enterrado bajo el altar mayor de la iglesia de los Desamparados.

Las armas de este virrey eran, por Castro, un sol de oro sobre gules.

En cuanto a los descendientes de los hermanos Salcedo, alcanzaron bajo el reinado de Felipe V la rehabilitación de su nombre y el título de marqués de Villarrica para el jefe de la familia.